Shila Vilker, en un artículo de la revista Artefacto (1), realiza una comparación entre dos espacios: la gran ciudad, la urbe y la cultura de la web, estableciendo, además, el lugar que ocupa el individuo en cada uno de ellos. El siglo XX dio lugar al hombre de las grandes ciudades es decir a urbanista. Actualmente vivimos en la cultura de la web, un espacio en el que aparece el hombre conectado virtualmente. La web ya no puede pensarse como un simple medio, como un soporte, ya que se ha constituido como un ambiente, que es capaz de generar nuevas formas de percepción y de relación entre los hombres, modelando, inclusive, las conductas. Pero cabe aclarar que los habitantes de las redes no son ciudadanos, son usuarios, que se definen por los criterios del cliente (satisfacción permanente, objetivización de la oferta), y que poseen un marcado perfil individualista más allá de que vivan en la ilusión de que conforman una comunidad. En la red, al igual que en las ciudades, existen vías y rutas de circulación, las llamadas autopistas de la información, en las que el recorrido es ilimitado y en las que se exige velocidad de conexión. El mundo digital siempre tiene imaginariamente, una escala humana. En cambio las ciudades no son espacios favorables para el desarrollo de lazos comunitarios, ya que en ellas la convivencia es compleja y conflictiva. En la red subyacen dos características claves: vinculación y cooperación. El hombre digital es un hombre comunitario, vinculado. Todo usuario posee su lista de contactos, y aunque estos últimos estén desactualizados o desconectados generan la ilusión de comunidad. Por ello en la red se es junto a los otros. Además el usuario es un sujeto cooperador, que está dispuesto a compartir su información, pero también está dispuesto a informar que va a compartir su información. Por eso la autora señala que la web permite resolver un conflicto generado entre la comunidad y la libertad que la modernidad no había logrado remediar, ya que posibilita el desarrollo de comunidades libres en las que el usuario participa hasta que deja de tener interés y opta por acceder a otra comunidad, y así sucesivamente. Estas comunidades conforman redes de confianza que pueden pensarse como nuevas formas de consumo cultural. (
(1) Vilker, Shila. 2009 “La red como un ambiente. Comunidad, libertad, seguridad y sus anversos” Revista Artefacto. Mayo de 2009 (Disponible en: http://www.revista-artefacto.com.ar/pdf_textos/22.pdf)
viernes, 15 de abril de 2011
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